Correctores: ignorados guardianes de la palabra

Hay profesiones que todos conocen. Más o menos todo el mundo sabe que un abogado defiende, que un médico cura y que un contador lleva cuentas, pero poco se sabe sobre lo que hacen los correctores y, cuando uno se presenta, sin más ni más, como «corrector» la gente empieza a mirar con desconfianza. Y guay de decir que uno es «escritor» o «poeta», porque ahí hay que acercar la máscara de oxígeno.

La cuestión es que, a la hora de escribir en un formulario la profesión, uno se pregunta si el que va a leer ese papel comprenderá la palabra «corrector». Cuando me presento, la gente suele preguntar «¿y qué corregís?», pero con verdadero asombro, como si no hubiera nada para corregir en el mundo. Y suelo contestar: «Discursos, textos legales, notas, artículos, de todo». Pero el deja vu es inevitable porque preguntan otra vez y con mayor asombro «¿y qué corregís?». Claro, qué podría corregirse en un discurso, en una nota, ¿no? Sin perder la paciencia y adoptando un simplismo al que me llevaron estas situaciones, digo: «puntos, comas, acentos, que esté bien escrito». Y ahí viene pegadito el quéaburridodebeser, seguido de un perotedebegustarmucholeer a modo de disculpas.

Pero, si la gente en general ignora la tarea de los correctores, la gente que los conoce la ignora de la misma manera. He conocido gente en mi trabajo que creía que los correctores eran una suerte de censores con título, que se dedicaban a destruir de un biromazo su libertad de expresión, que la correctora era la maestra Siruela que le venía a refrescar las reglas ortográficas y que cambiaba palabras o frases solo por capricho, porque le gustaban así y no de otra manera.

Corregir es dar solución a un problema en un texto y habrá tantas posibles soluciones como correctores. Hay correctores implacables, que prácticamente hacen una exégesis en los márgenes y hay otros más flexibles, que tratan de respetar el estilo del autor. Aceptar las correcciones de otra persona es siempre difícil y, en la mayoría de los casos, se convierte en una cuestión de honor. «¡Pero si yo nunca tuve errores de ortografía!», se defienden unos; «pero para la coma no hay reglas», apuntan otros y los más discuten todavía que las mayúsculas no llevan tilde. Tratan de justificar los errores con repertorios enclenques como «yo siempre lo escribí así, tiene que estar bien», «dice lo mismo, ¿para qué lo cambiaste?», «escribí "Presidente" con mayúscula porque él es una persona importante» o «los meses van con mayúscula, ¡lo leí en un libro!».

Sin embargo, los verdaderos problemas del corrector van más allá de los signos de puntuación. Lo difícil es explicarle al autor que la formalidad no depende de la cantidad de palabras y que por ello es preferible usar frases más cortas y precisas como «para solicitar la gestión» en lugar de «a fin de solicitarle quiera tener a bien disponer la gestión» . ¿Cómo hacerle comprender al autor que debe tener en cuenta al lector cuando escribe? ¿O que el texto debe tener cohesión, que debe ser coherente? Y qué traumático es para algunos entender si el tono del texto es apropiado.

Considero que estas actitudes reflejan problemas de fondo de nuestra sociedad. En primer lugar, somos orgullosos y no toleramos la crítica. No aprendemos nunca del error porque pensamos que la crítica es siempre destructiva y que es, en definitiva, un problema del otro. En segundo lugar, hay un total desconocimiento de las profesiones relacionadas con el lenguaje y esto es grave. La palabra, que nos permite ligarnos a Dios, a los hombres y al mundo, tendría que ser respetada y cuidada por todos y, sin embargo, es un tesoro custodiado por unos pocos que, para peor, son vergonzosamente ignorados y vituperados.

En la medida que aprendamos a valorar la tarea del otro, que seamos un poco más respetuosos de sus conocimientos y que tengamos la humildad suficiente como para aceptar nuestros errores, podremos ser una sociedad mucho más justa.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Yo también soy corrector de textos. Y deseo expresar que está muy buena esta profesión, ya que uno trabaja desde su casa. Ni siquiera un solo día por mes hay que dirigirse hacia una oficina o establecimiento.

La empresa editorial envía el texto por correo electrónico, uno lo corrige en su hogar y lo reenvía. Eso es todo.

Y dado que, en esta profesión, uno no tiene que moverse de su casa para corregir, se puede trabajar en el día y horario que uno quiera. O incluso un día se puede descansar las 24 horas enteras.

No existen muchos trabajos que se lleven a cabo en el hogar. (Aparte del de corrector, otro trabajo hogareño es el de costurera).

Si a mí me preguntan: "¿Qué es lo mejor de tu trabajo? ¿Qué es lo que vos rescatás?", sin dudarlo, responderé: "Lo mejor de mi trabajo es la comodidad. Eso es lo que yo rescato. Y por ese motivo elegí esta profesión para ejercer durante toda mi vida".

Vero, imagino que vos, al igual que muchos correctores de textos, también habrás optado por seguir esta carrera por los motivos que acabo de mencionar.

Besos.

(Exequiel).

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