La RAE y su nueva ortografía

¿Desgrabar o transcribir?

En la consultora, hago trabajos de "desgrabación", es decir, convierto archivos de audio (conferencias, sesiones terapéuticas, entrevistas de investigación de mercado, entre otras) en textos.

Pero ni "desgrabación" ni "desgrabar" son palabras que figuran en el Diccionario de la Real Academia Española, entonces surge el interrogante: ¿escribo como se dice en la calle o como se escribe en el diccionario?

Para muchos, esta cuestión ya está resuelta desde el comienzo. Se escribe según el diccionario, nada de palabras inventadas. En lo personal, disiento y les explico por qué.

Todo idioma se guía por una serie de reglas fijas: los plurales se forman agregando tal letra, los femeninos, agregando tal otra, los verbos se conjugan así, la sintaxis será asá. Ésa es la gramática, que nos ayuda el colegio a incorporar de manera consciente, pero que aprendemos ya desde pequeños, al escuchar hablar el idioma a las personas que nos rodean. En otras palabras, las reglas se transmiten de persona a persona hablando el idioma, haciendo uso de él y el colegio nos permite afinar el lápiz para mejorar todavía más la expresión y hacer conscientes los procesos de esa gramática.

El idioma, además de la gramática, tiene un lexicón, una lista de todas las palabras en ese idioma: mesa, comer, lindo, rápidamente, las, por ejemplo. Esas palabras son un recorte de la realidad. Las palabras tienen un valor fónico (un sonido) y un significado. Por eso, cada palabra hace un recorte de la realidad y se refiere a algo en particular. Por ejemplo, si nos referimos al hecho de posar los ojos en algo, tenemos una variedad de opciones para recortar esa realidad: ver, mirar, observar, escudriñar, atisbar, espiar. Cada una hace un recorte diferente, cada una tiene un diferente matiz.

Esta lista llamada en gramática "lexicón" no es finita, está en constante movimiento porque la realidad que representan no es fija tampoco. En la medida en que la realidad da origen a situaciones nuevas, la lista las refleja rápidamente. Vean, si no, los verbos de creación reciente "googlear", "chatear", "backupear". No están contemplados en los diccionarios, pero se usan y tienen un significado concreto ('buscar en Google', 'hablar con otra persona por medio del mensajero de una computadora', 'realizar una copia de seguridad').

Para los que trabajamos con palabras, estas palabras nuevas nos presentan un dilema: ¿seguimos las reglas o somos flexibles? Hay quienes prefieren utilizar en una escritura correcta solamente las palabras que figuran en los diccionarios, en particular en el DRAE. Hay quienes colocan cursivas a estas palabras, para indicar que no están en el diccionario, y las incorporan de todas maneras debido a su difusión.

Mi postura personal por mucho tiempo fue evitar las palabras nuevas, pero me equivocaba. Como trabajadora de la palabra, mi criterio debería haber sido evaluar si la palabra nueva seguía las reglas de formación de palabras del español.

Seguramente han escuchado hablar sobre el latín, que es una lengua muerta. Que esté muerta significa que no evoluciona, no cambia más. El idioma quedó así, no hay más hablantes que puedan alimentarlo. Las lenguas están vivas cuando hay hablantes vivos, que hacen que esa lengua viva, esto es, inventan palabras para las situaciones nuevas y transmiten la lengua a las futuras generaciones. Eso hace que una lengua esté viva o esté muerta.

Por lo tanto, si pretendemos que la lengua no tenga palabras nuevas, vamos por mal camino.

Ante palabras como "desgrabar" y "desgrabación", no me queda otra que afirmar que siguen la regla de formación de palabras del español. A "grabar" y "grabación" se les ha agregado el prefijo "des-", que tiene un sentido negativo. Significa ‘negación o inversión del significado’
(Santana, O.; Carreras, F. J.; Pérez, J. R.; Rodríguez, G., Relaciones morfoléxicas y prefijales del español). Por lo tanto, están bien formadas ambas palabras.

Como la escritura es tan personal como la ropa que usamos, en mi caso, me inclino por "transcribir" como alternativa, un verbo que hace tiempo que está instalado y que dice prácticamente lo mismo.

Entonces, ¿desgrabar o transcribir? Mm, una mera cuestión de gustos.

Tiempos verbales: ¿Declárase o declárese?

En algunos textos administrativos o jurídicos (disposiciones, resoluciones, decretos, por ejemplo), hay una estructura de base formada por el visto, los considerandos y el articulado. El visto es el encuadre legal, toda la normativa relativa al tema; los considerandos son las circunstancias del caso, cada una de las razones esenciales que preceden y sirven de apoyo para tomar una resolución al respecto y, finalmente, el articulado indica qué se resolvió.

Intervienen diferentes personas en el dictado de un texto administrativo o jurídico. En principio, hay dos figuras involucradas, una de las cuales está subdividida:
  • el suscriptor, que firma el texto
  • el destinatario del texto (el que cumple las órdenes, el causante)
Los verbos empleados en el articulado expresan, por lo general, órdenes que deben cumplir otras personas (diferentes de quien firma), pero, también, situaciones que quedan constituidas en ese momento. Para cada caso, se usan diferentes tiempos verbales.

Para expresar órdenes, el español tiene dos opciones: el tiempo presente del modo imperativo, en la persona que corresponda (sea una o varias), o el presente del modo subjuntivo, cuando se trata de una orden impersonal, siempre en tercera persona (singular o plural). Este último tiempo verbal es la opción que se utiliza en el lenguaje administrativo.
ARTÍCULO 3°.- Comuníquese, publíquese en Boletín Reservado del Ejército y archívese en el ESTADO MAYOR GENERAL DEL EJÉRCITO (Jefatura I - Personal).
En el ejemplo, destacamos con color los tres verbos que expresan órdenes (comunicar, publicar, archivar). Están formados por el verbo conjugado (“comunique”, “publique”, archive”) más la partícula “se” y está elidido “que”. Es decir, es lo mismo “comuníquese” que “que se comunique”. Por una cuestión de estilo y de costumbre en el género de los textos legales, se utiliza solamente la primera forma (“comuníquese”).

Nótese que, si el sujeto de estos verbos es plural, el verbo también debe estar en plural.

SingularPlural
Elévese el expediente.Elévense los expedientes.
Pase lo actuado.Pasen los actuados.

Ahora bien, en el caso de situaciones que quedan constituidas en el momento de la firma, debe utilizarse el presente del modo indicativo.
ARTÍCULO 1º.- Convalídase el convenio suscripto entre la UNIVERSIDAD DEL SALVADOR y (...).
El verbo está compuesto por la forma verbal conjugada (“convalida”) más la partícula “se”. Sin embargo, se prefiere la variante más cercana al lenguaje cotidiano: “Se convalida”. Por eso, la redacción preferible en este caso es la siguiente:
ARTÍCULO 1º.- Se convalida el convenio suscripto entre la UNIVERSIDAD DEL SALVADOR y (...).
En resumen, para determinar si un verbo está bien utilizado en el articulado, hay que resolver si se trata de una orden que cumple otra persona o si es algo que queda definido con la sola firma del documento. Las órdenes irán en presente del modo subjuntivo y las otras cuestiones, en presente del modo indicativo.

Correctores: ignorados guardianes de la palabra

Hay profesiones que todos conocen. Más o menos todo el mundo sabe que un abogado defiende, que un médico cura y que un contador lleva cuentas, pero poco se sabe sobre lo que hacen los correctores y, cuando uno se presenta, sin más ni más, como «corrector» la gente empieza a mirar con desconfianza. Y guay de decir que uno es «escritor» o «poeta», porque ahí hay que acercar la máscara de oxígeno.

La cuestión es que, a la hora de escribir en un formulario la profesión, uno se pregunta si el que va a leer ese papel comprenderá la palabra «corrector». Cuando me presento, la gente suele preguntar «¿y qué corregís?», pero con verdadero asombro, como si no hubiera nada para corregir en el mundo. Y suelo contestar: «Discursos, textos legales, notas, artículos, de todo». Pero el deja vu es inevitable porque preguntan otra vez y con mayor asombro «¿y qué corregís?». Claro, qué podría corregirse en un discurso, en una nota, ¿no? Sin perder la paciencia y adoptando un simplismo al que me llevaron estas situaciones, digo: «puntos, comas, acentos, que esté bien escrito». Y ahí viene pegadito el quéaburridodebeser, seguido de un perotedebegustarmucholeer a modo de disculpas.

Pero, si la gente en general ignora la tarea de los correctores, la gente que los conoce la ignora de la misma manera. He conocido gente en mi trabajo que creía que los correctores eran una suerte de censores con título, que se dedicaban a destruir de un biromazo su libertad de expresión, que la correctora era la maestra Siruela que le venía a refrescar las reglas ortográficas y que cambiaba palabras o frases solo por capricho, porque le gustaban así y no de otra manera.

Corregir es dar solución a un problema en un texto y habrá tantas posibles soluciones como correctores. Hay correctores implacables, que prácticamente hacen una exégesis en los márgenes y hay otros más flexibles, que tratan de respetar el estilo del autor. Aceptar las correcciones de otra persona es siempre difícil y, en la mayoría de los casos, se convierte en una cuestión de honor. «¡Pero si yo nunca tuve errores de ortografía!», se defienden unos; «pero para la coma no hay reglas», apuntan otros y los más discuten todavía que las mayúsculas no llevan tilde. Tratan de justificar los errores con repertorios enclenques como «yo siempre lo escribí así, tiene que estar bien», «dice lo mismo, ¿para qué lo cambiaste?», «escribí "Presidente" con mayúscula porque él es una persona importante» o «los meses van con mayúscula, ¡lo leí en un libro!».

Sin embargo, los verdaderos problemas del corrector van más allá de los signos de puntuación. Lo difícil es explicarle al autor que la formalidad no depende de la cantidad de palabras y que por ello es preferible usar frases más cortas y precisas como «para solicitar la gestión» en lugar de «a fin de solicitarle quiera tener a bien disponer la gestión» . ¿Cómo hacerle comprender al autor que debe tener en cuenta al lector cuando escribe? ¿O que el texto debe tener cohesión, que debe ser coherente? Y qué traumático es para algunos entender si el tono del texto es apropiado.

Considero que estas actitudes reflejan problemas de fondo de nuestra sociedad. En primer lugar, somos orgullosos y no toleramos la crítica. No aprendemos nunca del error porque pensamos que la crítica es siempre destructiva y que es, en definitiva, un problema del otro. En segundo lugar, hay un total desconocimiento de las profesiones relacionadas con el lenguaje y esto es grave. La palabra, que nos permite ligarnos a Dios, a los hombres y al mundo, tendría que ser respetada y cuidada por todos y, sin embargo, es un tesoro custodiado por unos pocos que, para peor, son vergonzosamente ignorados y vituperados.

En la medida que aprendamos a valorar la tarea del otro, que seamos un poco más respetuosos de sus conocimientos y que tengamos la humildad suficiente como para aceptar nuestros errores, podremos ser una sociedad mucho más justa.

La escritura correcta de un sobre

Acostumbrados a lo inmediato del correo electrónico, la mensajería en línea y las conferencias virtuales, es lógico que, cuando surge la necesidad de enviar una carta o correspondencia por correo tradicional, nos visiten nuestras amigas, las dudas. ¿Qué escribo primero: el código postal o la ciudad? ¿Escribo el código postal entre paréntesis o no?

En la Argentina, hay un sistema, una forma ya estipulada para escribir todos los datos del remitente y del receptor en un sobre. Respetarlo asegurará que la carta tendrá toda la información necesaria para que llegue a destino y que no se pierda por ahí.

En esta página del Correo Argentino, hay unos cuantos modelos de cómo escribir un sobre correctamente. Una página interesante para tener siempre a mano o agregar a los favoritos de nuestro navegador.

Anfibología: Robaron vestidos de policía

Ayer vi en televisión este titular: "ROBARON VESTIDOS DE POLICÍA", que se refería a unos ladrones que, fingiendo ser policías y vistiendo el correspondiente uniforme, entraron a robar en un aserradero (más sobre la noticia, aquí). Lamentablemente, no hice a tiempo a capturarlo con la cámara de mi celular.

El titular es un interesante ejemplo de anfibología, una figura que consiste en una frase o expresión que puede interpretarse de más de una manera. Se trata de una brillante figura literaria o un error, según el doble sentido sea buscado o no.

Un ejemplo clásico es: "El burro de tu hermano no quiere trabajar", donde "burro" puede interpretarse como 'animal de carga' o como 'tonto', en cuyo caso el tono sería algo agresivo.

Volvamos a la noticia entonces. "Robaron vestidos de policía" es un titular poco feliz debido a la anfibología que está presente en él: "vestidos" puede interpretarse como 'disfrazados' (término que habría sido más apropiado en este caso) o como 'traje enterizo de mujer'.

Al leer la noticia o al escuchar más sobre ella, el lector o espectador entiende que 'disfrazados' es la acepción que corresponde, pero, sin el contexto, la anfibología hace de las suyas y uno puede imaginarse que los ladrones entraron a robar unos vestidos como éstos.


Oh, pero la noticia en realidad no era el robo, sino que ciertos miembros de la Policía, conocidos por su bigote espeso y su grave voz de mando, ¡usaban vestido!

Sobre el femenino de "ministro"

Cuando las mujeres estuvieron por primera vez en la dirección de un ministerio, se generaron muchas dudas respecto del femenino de “ministro”. Si bien algunos manuales protocolares afirman que los cargos no cambian según los ocupe un hombre o una mujer, la tendencia actual es evitar usos sexistas del lenguaje en todo tipo de textos, incluidos los institucionales.

La regla de formación de femeninos establece que las palabras cuya forma masculina acaba en –o forman normalmente el femenino sustituyendo esta vocal por una –a: bombero/bombera, médico/médica, maestro/maestra. Por lo tanto, ministro/ministra.

Corrobora esta regla el Diccionario de la Real Academia Española, que registra “ministro” para el masculino y “ministra” para el femenino.

Lo que hay que escuchar: Entrega 1

Inauguramos sección: Lo que hay que escuchar. Aquí iremos publicando todas las frases poco felices y, a la vez, hilarantes que nos toca escuchar o leer en nuestro día a día.

1.1
—Sí, la carta está bien, lo que dice, pero es demasiado corta.
—¿Falta algo? ¿Hay que agregar algo más?
—No, faltar no falta nada, no hay nada más para decir, pero no es protocolar una respuesta tan corta, por muy bien escrita que esté. Inflala más o menos hasta el doble, así la firmo y la mandamos.
(Empleado de un ministerio a la correctora, pidiendo ampliar la redacción).

1.2
—¿Te envío todos los textos en un solo archivo de Word o en varios archivos, así tenés el texto de cada sección por separado?
—¿Archivo? ¿Qué es eso? ¿El clipcito?
(Dueño de una entidad educativa a la redactora).

1.3
—Vos fijate en esta página. La idea es que los textos estén iguales a esta página, pero distintos. No se tiene que notar que copiamos.
(Cliente a la redactora, al explicar despreocupadamente su proyecto de plagio).

Ortografía y traducciones: Colombia y Columbia ¿significan lo mismo?

Colombia y Columbia: ¿es el primero el nombre de un país latinoamericano en español y el segundo, su traducción al inglés? Muchos traductores así lo creen, pero no da lo mismo una "o" que una "u". En este caso, son dos letras que están a 6689,27 kilómetros de distancia una de la otra.

Echemos luz al asunto.

Colombia es el nombre del país latinoamericano conocido por su exquisito café. Su traducción al inglés es "Colombia".

Por su parte, Columbia, que no es la traducción en inglés de Colombia, es un distrito de los Estados Unidos de América que comprende a la ciudad de Washington y que, como ella, está ubicado a orillas del río Potomac. Más conocido por su abreviatura que por su propio nombre, está presente en el nombre completo de la ciudad: "D. C." en Washington D.C. significa "District of Columbia", es decir, "Distrito de Columbia".

Léxico: ¿adiós al verbo "revelar" y al adjetivo "velado"?

El avance de la tecnología es uno de los tantos factores que influyen en la transformación del lenguaje. Las nuevas situaciones y descubrimientos exigen que el lenguaje las refleje también, que les dé entidad. De alguna manera, lo nuevo no existe públicamente hasta que es nombrado, hasta que se acuña un término para designarlo.

Hay varios ejemplos, pero me limitaré a dos, que, a mi juicio, son los que más influencia han tenido.


La cadena y el botón
Cuando la tecnología llegó a los sanitarios y el procedimiento para descargar la cisterna de un inodoro dejó de realizarse tirando de una cadena, surgió la la frase "apretar el botón", en su reemplazo.

Pero la expresión "tirar de la cadena" estaba tan arraigada que muchas personas continuaron usándola aun para el sistema del botón.


El disco y los botones

Otro ejemplo es el sistema telefónico. Los teléfonos de hace unos treinta años tenían un disco con orificios (uno para cada número) y la persona que quería llamar debía colocar su dedo en cada dígito del número telefónico y hacer girar el disco hacia la derecha para cada uno de ellos. Eso era, en lenguaje corriente, "discar un número", verbo derivado del sustantivo "disco". El procedimiento, como podrán recordar o imaginar, llevaba su tiempo, debido al sistema de pulsos que existía entonces y que así lo requería.

Lógicamente, en una época en que el tiempo es oro, el disco de los teléfonos desapareció en pos de un sistema más rápido: el de tonos, que venía de la mano de los botones. Verbos como "digitar", "apretar" y "presionar" se pusieron de moda e hicieron su aporte, en paralelo a los tradicionales "llamar" o "telefonear".

Pero la historia no termina allí, porque el viejo "discar" se siguió y se sigue usando, al punto de que en algunos mensajes grabados de las telefónicas, esos que se escuchan cuando el número con el que queremos comunicarnos está apagado, fuera de servicio o dado de baja, se puede escuchar todavía "El número discado se encuentra congestionado...". La propia empresa telefónica dice "discar", casi después de treinta años de que el disco se dejó de usar.

En definitiva, el lenguaje se resiste a los cambios. En mi opinión, incorpora rápidamente términos nuevos, pero deja de usar los anteriores con lentitud. Es decir, reemplaza poco, la tendencia general es sumar sinónimos, más que reemplazar términos o frases.

El extraño caso de "revelar" y "velado"
Pensaba hoy en la fotografía y ocurre algo similar. Las cámaras de fotos en la actualidad son digitales, no traen "rollo" y, como consecuencia, no hay ningún rollo que debamos "revelar" o, mejor, que se pueda "velar". Revelar era el proceso que permitía hacer visible la imagen impresa en la película fotográfica o "rollo". Y las fotos quedaban "veladas" cuando el rollo se exponía a la luz sin haber pasado por el correspondiente proceso. Las fotos veladas se perdían, no había forma de recuperarlas. Una máquina con una tapa floja o un usuario ansioso por quitar el rollo conducían a la tragedia de perder todas o casi todas las fotos de unas vacaciones o de una graduación. Era una tragedia, realmente.

Hoy, como decía, las cámaras son digitales. Y hasta los celulares sacan fotos. Éstas se guardan en la memoria de la cámara de fotos, en la del celular, en la computadora, en un pen drive o en un disco compacto y el proceso de llevarlas al papel es la "impresión". Ahora las fotos no se revelan, se imprimen.

A diferencia de los dos casos que comenté al principio de este artículo, creo que el verbo "revelado"  y el adjetivo "velado" se están dejando de usar. No hubo una gran resistencia en este sentido. Pero ¿por qué?

Una posible explicación es que el verbo "imprimir", usado ahora, ya existía (no fue creado para reflejar la situación nueva) y asimiló el significado de "revelar".

Otra -y creo que la de más peso- es que ya no se imprimen las fotos como antes. Ahora los álbumes son virtuales y se puede acceder a ellos sin siquiera tener al de la foto al lado, con sus explicaciones del tipo "En esta foto, estábamos en...". Las fotos se publican en las redes sociales. Se miran las fotos, se comparten las fotos, hasta se comentan, pero pocos las llevan al papel y esos pocos no alcanzan para hacer que sobrevivan los viejos "revelar" y "velado".

Nota: Gracias, Sergio, por las aclaraciones técnicas.

Ortografía: El orden de las letras sí altera el producto

Hay un texto muy interesante circulando en internet que afirma que el orden de las letras no altera la comprensión de una palabra en tanto la primera y la última letras estén en su lugar.

El texto es el que sigue.

"Sgeun un etsduio de una uivenrsdiad inglsea, no ipmotra el odren en el que las ltears etsan ersciats, la uicna csoa ipormtnate es que la pmrirea y la utlima ltera esten ecsritas en la psocion cocrrtea.


El rsteo peuden estar ttoalmntee mal y aun pordas lerelo sin pobrleams. Etso es pquore no lemeos cada ltera por si msima preo la paalbra es un tdoo.

Pesornamelnte me preace icrneilbe!"


Es cierto. Un buen lector puede comprender el texto sin dificultades, pero ¿es sólo la comprensión lo que buscamos cuando escribimos o aspiramos a algo más?

Pongo a modo de ejemplo el titular televisivo que se ve en la imagen que sigue.
 
 
Si bien por contexto se comprende que "cuidad" (modo imperativo, tiempo presente, segunda persona plural del verbo cuidar) es "ciudad" (un sustantivo), se trata de un error y molesta especialmente en un titular de un canal de noticias. Lo mismo ocurriría en el subtitulado de una película. Pero ¿por qué molesta tanto? ¿Acaso el objetivo de toda comunicación no es que el otro comprenda el mensaje y punto?
 
La respuesta es no. Cuando nos expresamos, por escrito u oralmente, buscamos hacerlo de la mejor manera posible y esperamos lo propio de los demás. Más aún, esperamos lo mejor especialmente de aquellas personas que se dedican a los medios, a escribir o a enseñar. El error ahí es más grave.
 
A veces, cuando corrijo la ortografía o la gramática de mis alumnos de taller o de profesionales que me confían sus escritos, encuentro un estado a la defensiva. La respuesta más común es: "Bueno, lo importante es que se entienda. Y se entiende, ¿o no?". Es cierto, el fin último de una comunicación es que el mensaje llegue al otro, pero el modo que elegimos nos puede desautorizar en el camino.
 
La foto que publico es sobre la noticia de un derrumbe de un edificio de dos pisos (un gimnasio) en el barrio de Villa Urquiza de la ciudad de Buenos Aires. Al respecto, un medio publicó pocos minutos después del hecho "Derrumbe de un edificio de diez pisos en Villa Urquiza". Escribió "diez" en lugar de "dos". Error de tipeo o por haber escuchado mal. El apuro por ser el primer medio en publicar la noticia hizo que no hubiera filtros ni confirmaciones de ningún tipo. La noticia salió como estaba, es decir, mal.
 
Entonces, ¿importa ahora lo que escribimos o cómo? ¿Podemos confiar en un texto que fue escrito a las apuradas sin corrección? Más aún, ¿podemos confiar en que es serio un medio que confunde un edificio de dos pisos con uno de diez?
 
El orden de las letras sí altera el producto. No importa sólo que llegue el mensaje, sino el cuidado que ponemos al transmitirlo. No sea cosa que perdamos autoridad en lo que conocemos a causa de un par de errores de ortografía.

Ortografía: Aquí viene el pastificador

Hace unos pocos días, en un viaje en la línea D de subte leí este aviso. Como todos los lectores, leí primero lo que está más destacado, en este caso: "PINTOR PASTIFICADOR". Enseguida me pregunté: "¿Qué es un pastificador? ¿A qué se dedica?". Relacionaba "pastificador" con "pintor" y me imaginaba que tendría algo que ver con la pasta con que se reparan y alisan antes de pintarlas las paredes que tienen marcas, hendiduras y huecos. Pero ¿alguien especializado sólo en eso?

De lejos, es difícil leer la respuesta a la incógnita: se trata de un plastificador de pisos de parqué (forma correcta en español de la palabra francesa parquet).

El aviso tiene varios errores y los de ortografía dificultan especialmente su comprensión. El lector, apurado, de paso entre una estación y otra, no tiene tiempo para detenerse en los detalles y lee, por ello, sólo lo más importante.

Si un titular está mal escrito o genera confusión, es muy probable que el aviso no apunte al público al que estaba dirigido. Y lo grave es que se pierden clientes.

De suscriptores y suscriptos

Suscribir, como verbo transitivo, es 'firmar al pie o al final de un escrito' o, en su forma pronominal, es 'abonarse para recibir una publicación periódica o algunos libros que se hayan de publicar en serie o por fascículos'.

Por error, en textos administrativos y jurídicos, se utiliza suscripto como sinónimo de 'el que suscribe', es decir, 'el que firma al pie el documento'. Sin embargo, la forma correcta para denominar 'la persona que firma una resolución, disposición, decreto, carta o nota' es suscriptor o el que suscribe.

Suscripto —más utilizado en la Argentina y en Uruguay— o suscrito son participios del verbo suscribir que significan 'que ha sido firmado al pie o al final'. Por ejemplo, podemos utilizar este participio en verbos compuestos: una resolución ha sido suscripta, ha sido suscripto un convenio de intercambio comercial; o como adjetivo: el acuerdo suscripto por el ministro de Educación fue publicado en el periódico, el artículo suscripto por el famoso periodista, en realidad, no fue escrito por él.

Así, sólo pueden ser suscriptos los documentos, no las personas. Se firma al pie de un documento, no de una persona. Por eso, es incorrecto utilizar “el suscripto” para referirse a la autoridad que firma.

Un acierto del Banco Central

Hoy me enteré de que están circulando monedas de dos pesos; son nuevas, de este año. Y también están en la calle las monedas del Bicentenario, muy bonitas, debo decir.

Lo más interesante es que, después de muchos pero muchos años de errores ortográficos, el Banco Central ha decidido acuñar las nuevas monedas con tildes en las mayúsculas. Un acierto que hay que festejar. Supongo que por fin hemos dado por tierra el mito de que las mayúsculas no llevan tilde o acento ortográfico.

En la foto que sigue, que muestra el reverso de la nueva moneda de dos pesos, se puede apreciar el tilde.

Homófonos: un laboratorio líder fuera de sí

¡Es que los laboratorios se han vuelto locos; se ha desmadrado el mercado farmacéutico! Bueno, todos los laboratorios no, sólo uno. Así lo afirma en un texto que llegó a mis manos un señor colombiano.

Es un laboratorio grande, se ha posesionado en el mercado.
Claro que lo que en realidad quería decir era: "posicionado", es decir, que ha logrado una buena posición en el mercado.

Definitivamente, algunos casos de confusión de homófonos son graciosos.

Homófonos: Un error instantáneo en el estante

Hoy leí la siguiente frase de un empleado que comentaba cómo hacía el pedido de medicamentos para su farmacia:

"Pedir productos porque están en oferta y dejarlos ahí en el instante no me sirve."
La leí una, dos, tres veces. ¿Qué era lo que no le servía a este señor? ¿No le servía en ese momento dejar ahí los medicamentos? ¿No le gustaba pedir los medicamentos y que le llegaran rápidamente, en el instante? ¿Tienen lógica estas interpretaciones?

Mm, no. Simplemente, el farmacéutico dijo "instante" en lugar de "estante". Un simpático caso de confusión de homófonos, pero error al fin.

Los riesgos de elegir el nombre institucional sin pensarlo demasiado

Hace poco llegó a mi casa el folleto de una rotisería nueva del barrio que me hizo reflexionar seriamente sobre cuán difícil es elegir el nombre de una marca o de una empresa.

El nombre es un recorte de la realidad que, tanto para el dueño, los empleados y los clientes, encerrará la identidad de esa marca o esa empresa. Y llegar a esa palabra o conjunto pequeño de palabras, que tanto dicen, es un proceso largo y meditado, o al menos debería serlo.

A la hora de elegir un nombre, no sólo hay que pensar en qué quiere uno reflejar del producto o de la empresa en ese nombre, sino en cómo van a interpretarlo el cliente y el público en general. ¿Puede malinterpretarse, es un nombre peyorativo, es gracioso, es serio, significa algo negativo en otros idiomas? Es famoso el caso de la Mitsubishi Pajero, de origen japonés, que no pudo ser importada con ese nombre en la Argentina, ya que en este país tiene un significado obsceno. Como vemos, no es un tema menor pensar en si las palabras elegidas para el nombre son obscenas o pueden ser interpretadas de esa manera.

Por eso, cuando leí este folleto, no pude más que reflexionar en todo esto. La rotisería se llama "La polla coqueta" y tiene el dibujo de una gallina en el isologo. Sencillamente, no lo podía creer. Si bien es cierto que una de las acepciones de esa palabra es "Gallina nueva, medianamente crecida, que no pone huevos o que hace poco tiempo que ha empezado a ponerlos" de acuerdo con el DRAE y que la expresión está contextualizada por la imagen, hay que admitir que "polla" también es una forma vulgar de decir 'pene'.

¿Inocencia pura al nombrar el negocio o algo de viveza publicitaria (es imposible olvidarlo)? Llamé por teléfono, un poco tentada de risa, y del otro lado me contestaron: "Rotisería". No dicen su propio nombre al teléfono; será por algo, ¿no?

Ya ven, un nombre institucional es asunto serio y que sea breve (un puñado de palabras, nada más) no significa que el tiempo que lleve pensarlo tiene que ser breve también.

La importancia de la ortografía y la corrección

Hace poquito una amiga estadounidense con la que jugamos un juego social me hizo conocer una frase que me hizo reír mucho: "Spell check. It's impotent!" (la gracia se da por utilizar "impotent", que en inglés es 'impotente', en lugar de "important", 'importante').

Y después llegué a este video en inglés. Lo recomiendo especialmente para aquellos que dominen un tantito esa lengua. Es realmente hilarante y además, la mejor reivindicación que vi en mucho tiempo de la tarea de los correctores o proofreaders.



Aquí pueden leer el monólogo.

Lista de estados de los Estados Unidos de América en inglés y español

Fotografía: Whirling Phoenix vía photopin cc

El primer nombre está en inglés; el segundo, en español. Armé esta lista sobre la base de una respuesta que me envió el servicio de consultas de la Real Academia Española. Si alguno de ustedes necesita el mensaje original, déjenme un comentario y una dirección electrónica y se lo envío.

Alabama = Alabama
Alaska = Alaska
Arizona = Arizona
Arkansas = Arkansas
California = California
Colorado = Colorado
Connecticut = Connecticut
Delaware = Delaware
District of Columbia = Distrito de Columbia
North Carolina = Carolina del Norte
North Dakota = Dakota del Norte
South Dakota = Dakota del Sur
Florida = Florida
Georgia = Georgia
Hawaii = Hawái
Idaho = Idaho
Illinois = Illinois
Indiana = Indiana
Iowa = Iowa
Kansas = Kansas
Kentucky = Kentucky
Lousiana = Luisiana
Maine = Maine
Maryland = Maryland
Massachusetts = Massachusetts
Michigan = Míchigan
Minnesota = Minesota (no tan difundido, pero variante hispanizada, por lo tanto preferible), también Minnesota (uso muy difundido que conserva la grafía inglesa)
Mississippi = Misisipi o Misisipí
Missouri = Misuri
Montana = Montana
Nebraska = Nebraska
Nevada = Nevada
New Hampshire = Nuevo Hampshire
New Jersey = Nueva Jersey
New Mexico = Nuevo México (pronunciado con "j")
New York = Nueva York
Ohio = Ohio
Oklahoma = Oklahoma
Oregon = Oregón
Pennsylvania = Pensilvania
Rhode Island = Rhode Island
South Carolina = Carolina del Sur
Tennesse = Ténesi o Tenesí (no tan difundido, pero variante hispanizada, por lo tanto preferible), también Tennesse (uso muy difundido que conserva la grafía inglesa)
Texas = Texas (pronunciado con "j")
Utah = Utah
Vermont = Vermont
Virginia = Virginia
Washington = Washington
West Virginia = Virginia Occidental
Wisconsin = Wisconsin
Wyoming = Wyoming

El bebé más pesado del mundo


Hoy conversaba con uno de mis alumnos sobre el libro El jamón del sánguche, de Graciela Bialet, publicado por el Grupo Editorial Norma. Se trata de una lectura interesante para adolescentes y no tanto. Trata, entre otros temas, la adopción, el tránsito de la niñez a la madurez que es la adolescencia y diversas cuestiones sobre las familias ensambladas; es, por lejos, una novela que da pie para hacer un análisis profundo en clase con los jóvenes; hay muchas maneras de abordarlo y sacarle el jugo.

Pero no quiero hablar del libro en particular, sino sobre una errata que hay, por lo menos, en la primera edición (2008), reimpresa en marzo de 2009, que es la que tenemos mi alumno y yo.

Discutíamos sobre cuál era la reacción de Cecilia, la protagonista de la historia, ante el nacimiento de su hermanito. Para explicársela, tomé el libro y leí en voz alta lo que sigue:


"¡Me nació otro hermanito! (...) Ayer llegó a este loco mundo Mateo. ¿A ser uno más del montón? No, él no, Mateo es único. Y es el bebé más precioso que jamás he visto. (...) Más chiquito que un muñeco. 2.100 kilos".


Yo leí en voz alta: "dos mil cien kilos". Entonces mi alumno comentó: "No, dos mil cien kilos es imposible". Y tenía razón. El signo de puntuación elegido para separar los kilos de los gramos estaba equivocado. Había allí, en lugar de la coma que utiliza el español para estos casos, un punto incorrecto, utilizado a la manera inglesa. En resumen, la ortografía correcta hubiera sido "2,100 kilos", en lugar de "2.100 kilos".

La anécdota terminó con risas, obviamente. Dos toneladas y cien kilos... ¡Es que era muy pesado ese bebé!

No aclares ¡que oscurece!

Sala de espera del Hospital Italiano de Buenos Aires. Unos amigos y yo esperábamos que ingresaran a una amiga para una operación. Nervios, algo de sueño, ansiedad. Gente que iba y venía con bolsos, bastones, familiares.

En una esquina de la sala de espera, había un dosificador de agua (un dispenser). No tenía los vasos tradicionales de plástico, sino una caja de la que uno podía sacar un sobrecito, que se abría y hacía las veces de vaso.


Me pregunto por qué habrán necesitado aclarar en la caja "Descartables de verdad". Este tipo de aclaraciones suele generar el efecto contrario. El consumidor, que ante todo es lector, se queda pensando: "¿Por qué lo aclaran? ¿Acaso hay sobres que dicen ser descartables y no lo son? ¿Éstos lo serán realmente?".

Por eso, antes de aclarar... mejor pensarlo dos veces.

Ortografía: ¿Los meses se escriben con minúscula o mayúscula inicial?


Hace unos días encontraron muerto al hijo de los actores Leonor Manso y Antonio Grimau, quien había desaparecido, según los dichos de la familia, el 22 de febrero de este año. La foto que publico muestra el titular que América, un canal de televisión, armó con la noticia.

El error está en la ortografía del mes: dice "Febrero" en lugar de "febrero". Lo correcto es escribir los nombres de los meses, así como de los días y de las estaciones del año, con minúscula inicial, salvo, claro está, que la palabra encabece la oración.

Así, escribimos "primavera" con minúscula inicial en:

La primavera es mi estación preferida del año.

En cambio, lo hacemos con mayúscula en:

"Primavera" en inglés se dice "Spring".

En algunos casos el uso de la mayúscula inicial es por influencia del inglés, en el que la regla sí es escribir meses y días de la semana con mayúscula; en otros, se debe al "importantismo", que es como suelo llamar a este error ortográfico que consiste en escribir con mayúscula aquellas palabras que el autor considera importantes, dignas de ser destacadas.

Gracias

Gracias, Mei, Carla y familia, por difundir mi artículo "Madres biológicas, madres adoptivas y mamás mamás: un caso espinoso de duplicación del sustantivo" en su blog sobre adopción.

Ante todo, el orden


El español, a diferencia de otros idiomas, se escribe y se lee de izquierda a derecha y de arriba abajo. Queramos o no, es así; así concebimos la lectura y así leemos. Por eso, en la escritura, el orden de los factores sí altera el producto.

La foto de hoy sirve para ejemplificar cuán importante es respetar en la gráfica ese orden natural de lectura del español para lograr una buena comprensión del texto. Si intentamos transgredir ese orden, el lector no entiende o se confunde. Así le hacemos perder tiempo y, si de negocios se trata, con un cartel o un texto mal dispuesto, una empresa o un local puede perder prestigio e imagen.

En el centro de la fotografía, hay un local de una persona que se dedica a la costura y a los bordados, seguramente un sastre o una modista. La vidriera del local intenta decir "Todo en costura, bordados", pero por la disposición de las palabras, se lee una frase incoherente: "Todo costura en bordados".

Respetamos tan a rajatabla la dirección de lectura en español que, en este caso, le damos prioridad al orden y no al tamaño de la tipografía ("Todo en" está en una tipografía más pequeña).

Alguien con pocas pulgas puede decirme entonces: "Igual se entiende". ¿Pero se entiende por completo? Y una pregunta más: ¿No es un riesgo muy grande dejar abierta la posibilidad de que el mensaje que se quiere transmitir sea confuso o mal interpretado?

Madres biológicas, madres adoptivas y mamás mámás: un caso espinoso de duplicación del sustantivo

Un tema delicado si los hay, pero que no es ajeno a la lengua y que no deja de ser interesante.

En una conversación, Victoria, una adolescente que conozco, quería contar una anécdota acerca de la madre adoptiva de una de sus amigas, pero quería dejar bien claro que el lazo familiar entre esta madre y su hija no era biológico, entonces resolvió el problema de esta manera:

-No es la mamá mamá.
-¿Querés decir que es la madre adoptiva?
-Sí, no es la mamá verdadera, es la mamá... del cariño.

En español, existe este interesante uso de la duplicación de un sustantivo para significar que algo es verdadero, de calidad o cabal. No es tan frecuente hoy como otros recursos (tal vez se utilice más el prefijo "re", como por ejemplo en "es un re auto"), pero es un uso lícito.

El significado profundo de "no es la mamá mamá" es que, para la hablante, la madre adoptiva no es una madre en el sentido completo de la palabra. Y lo confirma más adelante, cuando aclara que no es la madre "verdadera".

Lo sé, miles de madres, padres e hijos adoptivos podrían contradecirla y convencerla de lo contrario. Analicemos, de todas maneras, qué cuestiones semánticas hay detrás de esta duplicación de sustantivos y del uso del adjetivo "verdadera".

La manera de nombrar la realidad es una manera de construirla y recortarla. Así, los diferentes idiomas del mundo ven la misma realidad pero la recortan de manera diferente. Lo mismo ocurre con los recortes que hace cada persona.

En este caso, esta adolescente entiende que la palabra "madre" está relacionada exclusivamente con el parto, por lo que una madre adoptiva puede ser madre por criar a un niño, pero no por tener hijos propios, es decir, le falta algo. Cuando la adolescente elige con dificultad el nombre "mamá del cariño", similar a otras expresiones, como, por ejemplo, "mamá del corazón", intenta reflejar el origen de ese vínculo, que no ha sido físico, sino afectivo y emocional. También, el uso de la palabra "verdadera" en esta conversación se debe a cuál es su concepto de maternidad, que para ella se relaciona con lo biológico, por lo que una madre que no ha parido a un hijo no puede ser "verdadera".

Sin embargo, este recorte personal de la realidad, la manera que tiene cada ser humano de nombrar lo que lo rodea, puede ser diferente del de otros. Allí es cuando los conceptos profundos de las personas chocan y pueden lastimar. En este ejemplo, decir que una madre adoptiva no es verdadera es decir a la vez lo contrario: que es una madre falsa. ¿Y es el concepto de maternidad algo que puede ser falso o verdadero?

Entiendo que no (si no estamos hablando de tests de ADN). Para los hijos adoptivos, sus madres adoptivas son tan reales y verdaderas como ellos mismos. Y el lazo que los une es tan real y verdadero como que uno más uno es dos. De hecho, ellos mismos llamarían "mamás mamás" a sus madres, independientemente del lazo biológico o afectivo que los una a ellas.

Mi conclusión es que los recortes pueden resultar interesantes, pero también discriminatorios y hasta hirientes. No sé cuál es el caso de distinguir entre las madres biológicas y las adoptivas. En definitiva, son todas madres. Todas son mamás mamás.

Consultorio: interruptores DIP

Muchos profesionales trabajan constantemente con material escrito en otros idiomas. Es el caso de los ingenieros electrónicos y los ingenieros en Sistemas, que suelen leer directamente de fuentes en inglés. De hecho, son ellos quienes — cuando la tecnología avanza y surgen nuevos términos para nombrarla— importan las novedades y, con ellas, las palabras en inglés que las nombran.

Éste es un proceso normal en las lenguas vivas. Por ejemplo, el idioma español recibió una fuerte influencia de las comunidades árabes que se instalaron en España durante la Edad Media. Gracias a esa influencia, tenemos palabras tan bonitas como «aljaba», «almohada» y «aljibe».

Sin embargo, este fenómeno se convierte en problema cuando se importan palabras de forma indiscriminada, esto es, se importan términos o expresiones en inglés que ya existen en nuestro idioma.

Un ejemplo claro es «DIP switch».

Es relativamente sencillo para un hablante del español pronunciar «DIP switch», pero ¿y su plural? En los casos en que su plural es necesario, los hispanohablantes comienzan a dudar. Hay quienes dicen los «DIP switchs», la gran mayoría prefiere «DIPs switch» y unos pocos que se quedan con el plural inglés «DIP switches». Esta oscilación muestra a las claras que el español no ha asimilado aún la expresión, no la ha hecho propia, como suele ocurrir con los préstamos de otros idiomas.

A esto se le suma la diferencia del orden natural sustantivo-adjetivo o sustantivo-modificador de ambas lenguas, que en inglés es adjetivo-sustantivo o modificador-sustantivo y en español es justamente al revés. Así los hablantes del español aplican a la expresión importada la sintaxis del idioma materno e identifican que el sustantivo, lo principal de la expresión, es DIP y no switch. Obvian la palabra switch y terminan reduciendo la expresión a DIP, que en inglés era sólo un modificador, una sigla que aportaba información sobre el núcleo, lo central de la estructura. Es decir, se termina obviando la palabra central.

Para clarificar todo este mecanismo, hay que pensar en la situación inversa. Pongamos, por ejemplo, la expresión «interruptor eléctrico». Un hablante del idioma inglés la introduce en su país de origen y comienza a utilizarla. Las razones pueden ser varias: porque no sabe su traducción, porque para él da más categoría decirla en otro idioma o porque no hay un equivalente en su lengua madre. La sintaxis de esta última le dice que el orden natural es modificador (o adjetivo) y sustantivo. Por lo cual, cuando debe expresarse oralmente o apurado, reduce la expresión original a «eléctrico». Termina entonces llamando a un objeto, una cosa, por su atributo, su modificador. Se emplearía así en frases poco felices como «Necesito que compres cuatro eléctricos» o «El eléctrico se quemó». Algo que no tiene sentido.

Todos estos inconvenientes son inaceptables e innecesarios. Tenemos en español un equivalente. En español, «DIP switch» es «interruptor DIP» o «microinterruptor DIP», expresiones que nos permiten identificar cómodamente el sustantivo y, en consecuencia, formar su plural y, cuando es necesario, reducir la expresión a "interruptor" o "microinterruptor" sin perder la dignidad.

El famoso golpe de calor



Un cartel en la vía pública que me hizo reír. ¡Cuidado! El golpe de calor puede ser literal. A este cartel lo partió en dos. Y, si deja así un cartel con estructura metálica, no quiero imaginar sus efectos en una persona.

A cuidarse entonces: comidas livianas, tomar mucha agua, alejarse del sol en las horas peligrosas y preferir los lugares frescos.

(La foto es mía. La tomé en Av. Libertador hace dos días, el 20 de enero).

Consultorio: vivac o vívac

Comenzó el Dakar 2010 en la Argentina y los periodistas que cubren este evento deportivo comenzaron a mostrar su conocimiento de la lengua (o su desconocimiento).

Terminada cada etapa del Dakar, los participantes llegan a un lugar de acampe, donde descansan y pasan la noche, además de reparar los vehículos y dejarlos listos para la competencia del día siguiente. Ese lugar de acampe se llama vivac.

Vivac es una palabra aguda (lleva el acento en su última sílaba: «vac») y no lleva tilde o acento ortográfico porque, según las reglas ortográficas del idioma español, solo llevan tilde las palabras agudas que terminan en ene, ese o vocal.

Sin embargo, a pesar de lo que dicen los diccionarios y los hablantes que cuidan el idioma, es increíble la cantidad de veces que, en la pantalla de TN y desde que comenzó el Dakar, se escuchó esta palabra mal pronunciada. Los periodistas se equivocan cuando dicen «vívac».

Si la palabra fuera grave, sí sería vívac y llevaría tilde. Pero no es así, como podrán confirmar en la entrada correspondiente del Diccionario de la Real Academia Española.

Por lo tanto, los corredores del Dakar descansan de sus travesías en un vivac (o, a lo sumo, en varios vivaques), nada de vívac, invento de los periodistas que desconocen las reglas de nuestro idioma o que no saben qué es un diccionario ni para qué sirve.
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