Ortografía: balnearios y bañarios

Un cartel descubierto en enero de 2009 en Mina Clavero, provincia de Córdoba, sitio donde no hay "balnearios", sino "bañarios" (claro, ¡si son para bañarse!).

Lo interesante aquí es que esa ortografía incorrecta refleja el significado de la palabra y, a la vez, su etimología. Según el Breve diccionario etimológico de la lengua castellana, de Joan Corominas:

BALNEARIO, S. XIX, tomado del latín balnearius 'relativo al baño', derivado de balneum 'baño'.
Es decir, la palabra latina "balneum" derivó en la palabra española "baño". ¿Entonces por qué "balnearius" no puede derivar en "bañario"? Tal vez quien escribió el cartel no tenía buena ortografía, pero algo intuía sobre filología diacrónica (aquella que estudia la evolución de la lengua a lo largo del tiempo)...

El nombre del producto y la coherencia institucional

Ocurre algo con los nombres en español, e incluyo en esta categoría a los sustantivos comunes. La urgencia por hablar y por comunicarnos rápido y de manera efectiva en el trato cotidiano nos lleva a utilizar apodos o a apocopar (a acortar las palabras, a decir sólo las primeras dos o tres sílabas).

Así, el colegio y el colectivo son el "cole", la profesora es la "profe" y Fisiología es, para muchos estudiantes de Medicina, simplemente "Fisio". A los Robertos, Norbertos y Albertos suelen llamarlos "Beto"; lo mismo ocurre con los Franciscos (Pancho).

Es que un apodo o una palabra breve resulta fácil de recordar y rápida de pronunciar.

A esta situación lleva el trato frecuente con un objeto o con una persona. Está bien en el trato familiar y cotidiano, pero dista mucho de ser una buena práctica cuando a empresas se refiere.

Lleva mucho tiempo pensar y definir el nombre de un producto. Estudios de marketing y pruebas, invisibles para la mayoría de los usuarios y empleados, forman parte de la historia uterina de los productos que circulan en el mercado. En teoría, ese nombre encierra todo lo que el producto es.

El problema es cuando los empleados de una empresa o los mismos usuarios colocan un sobrenombre a un producto y lo usan tan frecuentemente que el nombre oficial termina en el olvido.

Una persona llama a Atención al Cliente o se comunica con alguno de los sectores de la empresa para hacer una consulta pero, debido a la multiplicidad de nombres con que denominan el producto, no logran entenderse y así tanto el cliente como la empresa pierden tiempo y dinero.


Pongamos un ejemplo: una empresa argentina crea un módulo de juegos y, tras una serie de estudios, decide llamarlo GameMod (he cambiado el nombre para preservar la imagen de la empresa, pero es un caso real). A los empleados no les gusta el nombre o les resulta difícil de pronunciar; entonces lo llaman internamente "Arturito", ya que se parece al robot R2-D2 de la saga de la Guerra de las Galaxias. El nombre se instala y se vuelve fuerte, tanto que nadie, salvo algunos técnicos, recuerda cómo se llama oficialmente el producto. Por su parte, los clientes apocopan el nombre y lo llaman "Game". Y, claro, en el medio, la Mesa de Ayuda hace lo que puede. Como frutilla del postre, un día un empleado visita a uno de los clientes y le habla del "Arturito". La imagen de GameMod cae abruptamente.

Este fenómeno es difícil de erradicar, pero hay métodos que permiten mejorar la coherencia institucional en cuanto a los nombres de los productos:

  • Realizar estudios de marketing que tomen en cuenta la facilidad de pronunciar y recordar el nombre del producto, y en qué puede derivar.
  • Utilizar un solo nombre para cada producto en toda la documentación de la empresa (trípticos, dípticos, cartas institucionales, manuales de usuario, hojas de especificaciones técnicas, catálogos, etc.). En otras palabras, que haya coherencia en todas las comunicaciones de la empresa, tanto impresas como audiovisuales. Parece una obviedad, pero hay empresas en las que cada sector llama a las piezas o al producto de una manera diferente.
  • Hacer campañas de promoción interna: que todos los empleados conozcan los productos de la empresa, como si fueran los mismos vendedores.

Yo yerro, tú yerras: "Es como que te exitás"

"Es como que te exitás"


Éste es el título de una nota periodística que Federico Lisica publicó en el suplemento NO de Página/12 el jueves 7 de mayo de 2009.

Y sorprende encontrar un error ortográfico aquí ("exitás" en lugar del correcto "excitás"), no porque sea imposible cometerlo, sino porque correctores y editores ponemos especial atención a los titulares, los epígrafes y los párrafos destacados porque son lo primero que lee la gente. Cometer o dejar pasar un error en ellos es lo mismo que publicarlo en un cartel de neón.

Al principio, pensé que se trataba de un juego de palabras, una manera de mostrar la relación entre la pasión y el éxito, pero no. Sólo era un error ortográfico que el periodista, el corrector y el editor inmortalizaron en grandes letras rojas.

Leído en: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/no/12-4031-2009-05-07.html

Queísmo patriótico


El queísmo es un vicio del lenguaje que consiste en utilizar la conjunción "que" en lugar de la secuencia "de que". Por ejemplo: *Me alegro que hayas aprobado el examen (el asterisco indica expresión incorrecta, agramatical, no aceptada).

Es hermano del dequeísmo, que consiste en utilizar la secuencia "de que" cuando sólo corresponde la conjunción "que". Por ejemplo: *Pienso de que es una buena idea.

Los estudiosos de la lengua piensan que el queísmo se debe a un fenómeno de hipercorrección. Advertidos del dequeísmo, muchos hablantes de la lengua española deciden eliminar la preposición "de" de sus expresiones para evitar así caer en el error, pero caen en otro.

El queísmo no es un error nuevo. Ya en el nacimiento de nuestra patria andaba rondando en los textos de 1822 y 1827 nada menos que de don José de San Martín. Un queísmo patriótico, si se quiere, pero error al fin.

"En esas circunstancias me convencí que, por desgracia mía, había figurado en la revolución más de lo que había deseado, lo que me impedía poder seguir, entre los partidos, una línea de conducta imparcial. En consecuencia y para disipar toda idea de ambición a ningún género de mando, me embarqué para Europa."

(San Martín. Su correspondencia, Museo Histórico Nacional, Buenos Aires, 1910, p. 26, citado por Carlos Alberto Guzmán en San Martín. 1824-1850, Buenos Aires, Círculo Militar, 1993, p. 14).


"En cuanto a mi viaje a Guayaquil, él no tuvo otro objeto que el de reclamar del general Bolívar los auxilios que pudiera prestar para terminar la guerra del Perú (...). Mi confianza en el buen resultado estaba tanto más fundada cuanto el ejército de Colombia, después de la batalla de Pichincha, se había aumentado con los prisioneros, y contaba con 9.600 bayonetas; pero mis esperanzas fueron burladas al ver que en mi primer conferencia con el Libertador me declaró que, haciendo todos los esfuerzos posibles, sólo podía desprenderse de tres batallones con la fuerza total de 1.070 plazas. Estos auxilios no me parecieron suficientes para terminar la guerra, pues estaba convencido que el buen éxito de ella no podía esperarse sin la activa y eficaz cooperación de todas las fuerzas de Colombia: así es que mi resolución fue tomada en el acto, creyendo de mi deber hacer el último sacrificio en beneficio del país."

(Extraído de Carta del Libertador don José de San Martín al general
don Guillermo Miller, en donde le informa sobre
su actuación en América, dándole noticias sobre la
entrevista de Guayaquil
, consultada el 4 de noviembre de 2009).
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