Los abogados al banquillo: la jerga profesional o la llaneza en el lenguaje



-¿Qué son cien abogados encadenados en el fondo del mar?
-Un buen comienzo.



De todas las profesiones hay un estereotipo. El del abogado es simple: un tipo ampuloso, que habla en difícil, que cobra caro y que sólo piensa en su propio beneficio. Es cierto, hay unos cuantos abogados que cuadran con esta descripción, pero no son todos iguales.

La función de la ley y de la abogacía está muy ligada al concepto de escritura que se tenga. Están los que dicen que la ley es para todos, pero que se necesitan mediadores (los abogados) para comprenderla y están los otros, con los que me llevo mejor, que dicen que si la ley es para todos, tiene que estar escrita en un lenguaje llano, accesible a todos los ciudadanos, a los que podrán asesorar los abogados.

La postura con respecto a esto determina dos tipos diferentes de escritura: la escritura "juridicosa", oscura y compleja, y la llana, que es simple y accesible.

Pero no sólo los abogados piensan que escribir bien es escribir oscuro y con palabras largas. Esto se ve en todos los ámbitos. Y, por eso, hay que combatirlo en todos los ámbitos.

Uno de mis escritores argentinos favoritos, Marco Denevi, creó en su nouvelle Rosaura a las diez un personaje interesantísimo, un joven estudiante de Abogacía llamado David Réguel que cumple con todas las características del estereotipo. Sus expresiones están cargadas de palabras en otros idiomas, preferentemente en latín, y términos de la jerga jurídica, aplicados a situaciones corrientes, ajenas al ámbito legal. ¿El resultado? Nadie le entiende y él se siente importante.

Los políticos caen en los mismos errores si vienen del ámbito jurídico. La señora presidente de los argentinos, por ejemplo, utiliza términos jurídicos fuera de ese ámbito y ante públicos que no dominan su misma jerga profesional.

Por poner un ejemplo, en julio de 2008, en su discurso ante la cumbre del Mercosur, Cristina Fernández de Kirchner mencionó la necesidad de una negociación de carácter “sinalagmático”. Se hizo un silencio sepulcral en la sala, por lo que se sonrió y agregó: “Claro, Chávez me mira porque él es militar y no tiene por qué saber un término jurídico”. Chávez tuvo un asistente veloz, que le pasó el significado en un papelito, pero no era el caso. El caso es qué entendía toda la gente, el pueblo, que estaba mirando el transcurso de la cumbre por televisión o la gente que después tenía acceso a la transcripción de los discursos. ¿Y si la presidente no se detenía en el término qué pasaba? En eso la presidente estaba en lo cierto: ni Chávez ni el pueblo tenían por qué saber un determinado término jurídico y, a menos que se lo explicaran solidariamente, el término no debería haber estado en su discurso.

Utilizar términos de un ámbito restringido o particular ante un público más amplio es pedante, discriminatorio y un signo de que uno no puede adaptar los conocimientos para que los entienda la mayoría. No está bien.

Ahora bien, volvamos a los abogados. Los abogados escriben muchos textos. Y, aunque en la Argentina ahora hay juicios orales, la mayor parte de los pasos de un juicio se hacen por escrito. Los jueces leen cientos y cientos de papeles por día. Cada paso significan fojas y fojas de defensa y explicación. Los abogados escriben y los juecen leen.

Por eso, cuando hay que escribir un texto jurídico, hay que pensar en quien lo va a leer. ¿Lo va a leer el pueblo (en el caso de las leyes)? ¿Lo va a leer el juez (en el caso de una presentación en una causa)? Detrás de todo texto hay una persona de carne y hueso que lee, por la que el que escribe debe sentir compasión.

Y eso se logra respetando al menos estos tres lineamientos:

1- Transmitir las ideas con la mayor claridad posible.
2- No irse por las ramas, evitar los detalles innecesarios.
3- Preferir las palabras familiares (por lo general, en español son las más cortas) a los tecnicismos. Reducir el uso de éstos a los casos en que son absolutamente necesarios.

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